Crecí en una biblioteca.

Fuente: Malénika

Fuente: Malénika

Crecí en una biblioteca o, al menos así lo siento. Desde el primer encuentro de la concepción, ya un espermatozoide llevaba consigo un arsenal de datos genéticos, igualmente la protagonista y dueña de la biblioteca, el óvulo, solo permitiría la entrada de aquel que fuese el adecuado para combinar los datos y transformarlos en información.

Me crie en un vientre cálido y con todas las comodidades, lo que siempre estaba presente era ese tamborileo del corazón de mi madre, el sentir como recorría la sangre nutritiva por sus venas y la degustación de cada alimento que ella con mucho amor ingería, ya que debía comer por dos, hasta muchas veces más de dos, porque siempre he sido comelón, jajajaja.

Desde su vientre, iba con ella a todos lados, todo lo que ella leyera, sintiera, degustara, temores y alegrías, me lo transmitía en un lazo muy íntimo entre ella y yo. Me indicaba, con sus caricias que había mucho que aprender, andar, ver, escuchar y sentir, que mejor representación de una biblioteca que mi propia madre.

Asistí a unas pocas bibliotecas, bodegas, zoológicos, parques, aunque no los veía, sabía que era agradable, sus ojos alimentaban mi imaginación, sus cantos y bailes alimentaban el gusto por el sonido, la música, era el año 69, en pleno apogeo de una avalancha de combinaciones musicales, Woodstock, Paladium, Fania, Son Montuno y mucho más.

A lo largo de mi infancia, desde que era muy pequeño, superada la etapa de embrión, inicie como mucha vivacidad un nuevo aprendizaje, el medio ambiente que me rodeaba, convivir con otros niños, adultos, animales, colegio, maestras, directores, que nos esperaban a la salida del colegio para preguntarnos la tabla de multiplicar.

En casa, mi padre nos inculcaba que había que leer, desde un periódico hasta un complejo libro de psicoanálisis, no entendía nada, pero como todo en esta vida, primero gateamos y luego comenzamos a caminar.

Iba ocasionalmente a la biblioteca con mi madre. En esas visitas, mi madre y yo entrabamos juntos pero tan pronto como atravesamos la puerta, nos separábamos  y cada uno se dirigió a su sección favorita. La biblioteca fue el primer lugar donde me dieron autonomía.

Incluso después cuando ya tenía diez años, me dejaron ir solo. Luego, después de un tiempo, mi madre y yo nos reuníamos en el mostrador de préstamo con nuestros hallazgos. Juntos esperábamos  mientras el bibliotecario en el mostrador sacaba la tarjeta de fechas y la estampaba con la máquina de caja – ese puño gigante golpeando la tarjeta con un golpe seco -, imprimiendo la fecha de vencimiento torcida debajo de una veintena de fechas de vencimiento torcidas anteriores que pertenecían a otras personas.

El lugar era tan generoso. Me gustaba caminar por los estantes de los libros, escudriñando las estanterías hasta que algo me llamaba la atención. Esas visitas eran interludios de ensueño, sin fricciones, que prometían que aprendería mucho más, que cuando llegué. No era como ir al mercado con mi mamá, donde era seguro que se producía un tira y encoje entre lo que yo quería y lo que mi madre estaba dispuesta a comprarme; sin embargo, en la biblioteca podía tener todo lo que yo quisiera.

Era tan emocionante ir a un lugar con cosas por las que no debías de pagar; tan inquietante anticiparnos a los nuevos libros que íbamos a leer. Hablamos sobre el orden en que íbamos a leerlos, una solemne conversación en la que planeamos cómo íbamos a caminar a través de este trayecto y evanescente período de gracia hasta el vencimiento de los libros.

Cuando era mayor, al liceo llegaba el Bibliobus, examinaba los pequeños estantes con la colección que traían para satisfacer nuestras ganas de aprender, solía pedir en calidad de préstamo hasta 10 libros, cargando con todos los libros que podía llevar. Y hoy en día le agradezco a mis padres, por haberme inculcado el pensamiento libertario de la lectura y este mundo mágico llamado BIBLIOTECA.

Fernando Antonio Salas Granado.

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