De la oralidad a la cúpula informacional.

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Fuente: ImageFlow / Shutterstock

Ciertamente como un pincel que se desliza con trazos rojos sobre un lienzo blanco, tenemos una similitud con la novela de Stephen King (2010), Bajo el Domo, donde a mediados de diciembre de 2019, en el ámbito del Mercado Mayorista de Mariscos del Sur de China de Wuhan, se detectaron los primeros casos de la nueva enfermedad Covid-19.

Las guerras han devastado la tierra durante años, el suelo ha sido empapado de sangre, donde los lamentos de los sobrevivientes se pueden escuchar en sus alrededores, lo que parecía un tranquilo y venidero año 2020, se transformó en un repentino aislamiento social, local, vecinal, familiar, regional, nacional y mundial.

Cuando, el maestro del terror, pensó como argumento ilustrativo que su novela es un domo impenetrable para separar a la pequeña sociedad de Chester’s Mills del resto de los habitantes, se anticipó a lo que estamos viviendo.

Contar historias ha sido una conducta innata entre nosotros los seres humanos, una actividad donde enmarcamos la creación de una imagen surrealista de sí mismos y del propio mundo donde estamos enmarcados en una dimensión virtual.

Hemos sustituido la presencialidad, el agrupamiento, a protocolos de confinamientos de numerosos hisopados, donde la comunicación intensiva, los reglamentos estrictos y el control permanente, donde algunos acatan la ordenanza y a otros les da igual, quienes consideran que la enfermedad es una fábula.

Nos a llevado a pensar en George Orwell (1949),  el gran hermano, que emerge en un Londres futuro, espeluznante hace algunos años, hoy luce más realista que nunca en nuestro día a día, convivimos en una letanía de Black Mirror, miles de millones de móviles digitales, que nos mantienen comunicados con el resto del mundo. En esta cúpula informacional, convergemos mansamente hacia una sociedad de vigilancia masiva, en la que se distorsiona o manipula la información para tener a las personas controladas, tal y como refleja la novela.

Hemos convivido con largas tradiciones de nuestras posteriores generaciones, de personajes como nuestros abuelos, padres, autores, amigos, colegas, que cuentan historias porque nuestro entorno está hecho de historias y contarlas en voz alta, escucharlas, leerlas y, compartirlas, se convierte en una forma privilegiada para sentirse parte de nuestra colectividad.

Escuchar las historias tiene profundas resonancias en el ánimo humano, ya que nos permite comprender el mundo desde las vivencias de otros, prestando atención a las voces de nuestros pares, predisponernos hacia esta novedad virtual se traduce en reflexión, apertura mental y enriquecimiento del propio patrimonio lingüístico.

Escuchar es parte de nuestro proceso de comunicación y un elemento fundamental en la construcción de nuevas relaciones informacionales, de generación en generación a través del poder de la voz, de la oratoria, de las prótesis móviles que forman parte de nuestra idiosincrasia, la presencialidad virtual, la singularidad de encontrarnos por estos medios.

El impacto es enorme, los valores humanos, las formas de relacionarnos, el debate público, la libertad de expresión, la presencialidad, fue abolida; esta nueva sociedad que para algunos es una ficción con destellos de realidad; donde hemos hecho un esfuerzo sin precedentes para garantizar nuestra salud.

Somos protagonistas, en medio de disputas raciales, femicidios, xenofobias y amenazas epidemiológicas, continuamos escribiendo nuestras historias, ¿habrá un regreso inesperado? No lo sabemos. Algunas autoridades pretenden convencernos con discursos demagógicos que todo está bien, que se está trabajando en favor de consolidar una vacuna, la cual no es gratuita, mientras tanto, somos los actores principales y de reparto pese a todo, donde nos garantizan que no debemos perdernos los detalles de esta pandemia, desde el living de nuestras casas.

En esta cúpula, el desarrollo tecnológico de vanguardia, nos permite supuestamente disfrutar dentro una fortaleza hermética, que funciona como antivirus y que contradice lo que ocurre a sólo pocos kilómetros de distancia. Lo que estamos viviendo en esta pandemia, es una época de contradicciones recurrentes, emocionales y físicas, donde estamos obligados a estar lejos para poder cuidar a quienes quisiéramos tener bien cerca.

La reanudación de la temporada presencial, de un nuevo ritmo de vida, tras el relajamiento de los músculos, más no del cerebro, de la lectura y de la escritura, tenemos una pregunta inevitable ¿Que surgirá de todo esto? ¿Será el comienzo de un nuevo paradigma mundial?, ¿Cómo podremos salir de un shock tan grande como el que estamos atravesando? ¿Es lo mismo un centro de documentación con público o sin público?

Con la transformación del mundo analógico al digital, podemos aseverar que la experiencia de vivir en primera persona, tiene que ver con el compartir con otros, es participar, vibrar, discernir y, por ende, pertenecer a este conglomerado social que nos une a todos. Las prótesis móviles son un excelente Plan B, pero al final de cada uno de nuestros días, siempre será un Plan B.

Por ejemplo, algo por el estilo ocurre con los conciertos, por más que se continúe desarrollando y mejorando el audio de los soportes musicales, jamás podrán derrotar la experiencia de transpirar, gritar y cantar, entre brazos y empujones en un recital de Soda Stereo en el estadio del River Plate en 1997, Gracias Totales.

Esta calidad tecnológica pierde, cuando se mide con la emoción, porque la vida, por más que ahora nos duela y nostálgicamente estemos indispuestos por sanidad y seguridad, está ahí afuera, no entre cuatro paredes. Somos protagonistas y fanáticos que necesitamos complementarnos, este arte se valida con la intervención de los otros: de nada sirven los Girasoles de Van Gogh, si el lienzo vive encerrado en un cuarto a espaldas del mundo.

Lo mismo sucede, con los centros de información y documentación, el público es quien le da sentido a los autores, son los usuarios quienes frotan la lámpara, en este caso los libros, para que pueda salir el genio a cumplir los deseos día y noche, de cada explorador informacional. Y ese genio, con forma de datos encriptados, necesita ese alarido, el éxtasis, la angustia y el llanto para construirse y validarse.

Debemos prestar un servicio a distancia, en qué punto debemos respetar el derecho de las editoriales, quienes son las que invierten más dinero en la publicación de los saberes de cada autor, a lo sumo cada uno de ellos percibe un pequeño porcentaje por su conocimiento.

Somos integrales y, a diferencia de otros espacios escénicos, logramos romper innumerables veces el intercambio emocional, que la química e interacción con los usuarios se convierta en una sola. Ellos y nosotros, nosotros y ellos, compartimos el mismo espacio en un conglomerado de sensaciones cruzadas.

El trabajo de los colegas, desde las bibliotecas y archivos también ha sido impecable por donde se le mire. La coordinación, el ensamblaje de un espacio virtual que no estaba acondicionado, los protocolos, todo un verdadero lujo para observar y aprender.

Esta pandemia, nos ha otorgado la mejor experiencia virtual jamás vista en la historia del consumo de información, entre computadoras, dispositivos móviles y televisores hogareños, aceptamos el desafío de estar en esta cúpula informacional.

Tarde o temprano, volveremos a ser lo que alguna vez fuimos, siempre con Dios por delante.

Fernando Antonio Salas Granado.

Bibliografía.

King, Stephen (2010). La Cúpula.- España: Editorial Plaza & Janés.

Orwell, George (1949). 1984.- España: Editorial Verbum.

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