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La proliferación de la desinformación en las redes sociales

La desinformación es una actividad social.  La misma es el  producto de una conversación y puede convertirse en la base para construir una realidad (Karlova & Fisher, 2013).  La desinformación puede suceder por error.  De igual forma, puede ocurrir con algún propósito.  En la lengua inglesa se hace una distinción entre la desinformación por error y la desinformación deliberada, utilizando los términos misinformation y disinformation.  Para determinar si la desinformación es por error o deliberada se requiere que se conozcan las intenciones del creador o de la persona que distribuye la misma.  Debido a que no siempre se conoce las intenciones de la persona o entidad, es difícil clasificarlo.

La desinformación ha existido y perdurado a lo largo de la historia de la humanidad.  Sin embargo, gracias a la Internet y la popularidad de las redes sociales se ha aprendido u observado más sobre el fenómeno.  Las redes sociales, como herramientas de y para la difusión de información no está exenta de la desinformación.  Toda sociedad o cultura que hace uso de las redes sociales está expuesto a esta práctica, ya sea a causa de la prensa, el gobierno o concepciones culturales erróneas.  A pesar que las redes sociales no son la causa de la distribución y proliferación de la desinformación, sí han agilizado el proceso.  De igual forma, las redes sociales también han sido instrumentos para aclarar datos erróneos.

Algunos de los casos más populares sobre la proliferación de desinformación ha sido el de las protestas en la ciudad estadounidense de Ferguson.  Otro caso reciente fue la alerta en España a causa de una enfermera contagiada por el virus del ébola.  En el contexto de Puerto Rico, uno de los casos que más ha generado la propagación de desinformación, sobre todo en las redes sociales, ha sido la discusión sobre la implementación de un currículo con perspectiva de género.

 ¿A caso las redes sociales y su popularidad han impulsado la desinformación?  “[L]as redes sociales y la portabilidad de internet en tiempo real se han combinado para diseminar errores y reacciones a un ritmo cada vez más vertiginoso, sobre todo en Twitter, que —por su brevedad y alcance— facilita la difusión de mensajes y respuestas en 140 caracteres o menos” (CNN Español, 2012, parr. 10).  Una columna por Ron Miller (2013) publicada en EContent coincide con la aseveración de CNN.  Sin embargo, Miller plantea que gran parte de la proliferación de la desinformación recae en la responsabilidad del periodista (en el caso de noticias con contenido tergiversado o erróneo).  Miller expande su comentario e incluye que la presión por ser el autor de una noticia y compartir información al poco momento de algún acontecimiento no debe ser la motivación para compartir datos.  Al contario, el periodista debe aspirar a precisión y exactitud de los datos (parr. 7).  Por su parte, Farida Vis (2014) expone lo siguiente en relación a la responsabilidad de las redes sociales ante la desinformación: “Any online information is part of a larger and more complex ecology, with many interconnected factors. It’s therefore very difficult to fully map the processes involved in the rapid spread of misinformation or to identify where this information originates. Moreover, we should endeavor to look beyond the specific medium and consider the political-cultural setting in which misinformation spreads and is interpreted” (parr. 2).

 Mientras que las redes sociales facilitan la distribución casi inmediata de la desinformación, estas también sirven para corregir errores difundidos y educar.  Algunas entidades (entre ellas grupos las bibliotecas) han creado perfiles y grupos de referencia virtual en Facebook con el fin de proveer datos correctos (Ofili & Emwanta, 2014).  Más allá de culpar las plataformas por la ansiedad y exigencia de promover la inmediatez cueste lo que cueste, se debe tomar en cuenta la ética detrás del uso de la información.  En su artículo, Gómez Arriegada (2013) plantea lo siguiente: “resulta éticamente exigible a quien utilice datos extraídos de Internet, el asegurar la calidad y confiabilidad de sus referencias ya que se debe entender que con ello se está contribuyendo a incrementar el aprendizaje colectivo” (p. 46).

El bibliotecario, como guardián y promotor de la información también tiene la responsabilidad de educar.  En la educación sobre el uso y manejo de la información se le debe instruir a las personas a cómo analizar la información que consumen en sus vidas cotidianas.  También, dentro del proceso educativo se debe proveer las herramientas para diferenciar entre una opinión y datos concretos.

 Twitter ha sido otra de las herramientas que más popularidad ha tenido e igualmente ha sido señalada por la propagación de desinformación.  Sin embargo, no todo es negativo en esta plataforma.  Gracias a su herramienta de etiquetas o hashtags (#), los usuarios pueden extraer información y participar de foros de discusión. Inclusive, Alfonzo (2014) señala que la búsqueda y navegación del contenido de etiquetas puede ayudar al usuario a familiarizarse con el concepto de términos o vocabulario controlado.  “[L]ibrarians should capitalize on hashtags as instructional tools because they are already establshed on Twitter and a variety of other social media platforms. Incorporating hashtags into your lessons can be a great way to engage students, teaching challenging subject matter, and promote lifelong learning” (Alfonzo, P, 2014).  Igualmente, puede llevar al usuario a hacer un breve análisis del contenido que está observando a raíz de las diversas opiniones y voces.

 “[L]as personas hoy pueden por medio de grupos o redes sociales expandidas en el ciberespacio, transformarse en emisores de contenidos efectivos y ejercer influencia sobre otros de manera global, especialmente en aquellas en las que se agrupan compartiendo intereses comunes o bien, por presentar afinidades personales” (Gómez Arriegada, 2013, p. 49).  A la vez que los grupos de interés se van desarrollando, creciendo y cobrando popularidad, también la información se prolifera.  Gómez continúa discutiendo en su artículo que la proliferación de desinformación entre las comunidades y grupos de interés muchas veces lleva a la carencia de pensamiento crítico.  Es a raíz de esto, que bibliotecario y el profesional de la información cobra más importancia.  Es esencial, como bien menciona Alfonzo (2014) proveer las herramientas para que las personas apliquen el pensamiento crítico en sus vidas cotidianas.  Sin embargo, no siempre esto resulta fructífero.  Muchas veces, los usuarios o consumidores de información se topan con que sólo tienen acceso a información errónea la cual ha saturado su red.

Sin importar la herramienta, siempre la humanidad se topará con información errónea y existirán entidades que van a propagar la desinformación.  El único remedio o antídoto para combatir este fenómeno recurrente es la educación, orientación y la comprensión cultural.  Pues, ante todo, las realidades de ciertas culturas varían de acuerdo a la sociedad y la época en la que se encuentren.

Referencias

(2012, 9 de julio) La desinformación en internet viaja a la velocidad de la luz. CNN español. Recuperado de: http://cnnespanol.cnn.com/2012/07/09/la-desinformacion-en-internet-viaja-a-la-velocidad-de-la-luz/

Alfonzo, P. (2014). Using Twitter Hashtags for Information Literacy Instruction. Computers In Libraries, 34(7), 19-22. (Número de acceso: 98164448)

Chang, L. (2014, 24 de noviembre) Ferguson’s Prosecutor Blamed Social Media For “Misinformation,” Entirely Ignoring The Mission & Necessity Of Social Media. Bustle. Recuperado de: http://www.bustle.com/articles/50924-fergusons-prosecutor-blamed-social-media-for-misinformation-entirely-ignoring-the-mission-necessity-of-social-media

Gaskell, A. (2014, 12 agosto) How Misinformation Spreads. Social Media Today. Recuperado de: http://www.socialmediatoday.com/content/how-misinformation-spreads

Gómez Arriagada, H.F. (2013) Desinformación en Internet y hegemonía en redes sociales. Revista gestión de las personas y tecnología, 6 (16), 39-53. Recuperado de: http://www.revistas.usach.cl/ojs/index.php/revistagpt/article/view/1095

Karlova, N. A., & Fisher, K. E. (2013). A social diffusion model of misinformation and disinformation for understanding human information behaviour. Information Research, 18(1), 1-12. (Número de acceso: 88007714)

Kyung-Sun, K., Sei-Ching Joanna, S., & Eun Young, Y. (2014). Undergraduates’ Use of Social Media as Information Sources. College & Research Libraries, 75(4), 442-457. doi: 10.5860/crl.75.4.442

Miller, R. (2013). Journalistic Responsibility in the Digital Age. Econtent, 36(2), 32. (Número de acceso: 85757355)

Ofili, D. N., & Emwanta, M. (2014). Facebook as an Information Service Delivery Tool: Perspectives of Library Staff at the University of Benin, Nigeria. African Journal Of Library, Archives & Information Science, 24(2), 195-202. (Número de acceso: 99503076)

Stahl, B. C. (2006). On the Difference or Equality of Information, Misinformation, and Disinformation: A Critical Research Perspective. Informing Science, 9,  983-96. (Número de acceso: 23852126)

Vis, F. (2014, 25 de enero) The Rapid Spread of Misinformation Online. Huffington Post. Recuperado de: http://www.huffingtonpost.com/farida-vis/the-rapid-spread-of-misinformation-online_b_4665678.html

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Alejandra Sofía Méndez Irizarry

Soy una bibliotecaria puertorriqueña. Me desempeño como bibliotecaria de assessment e instructora de competencias de información en el entorno universitario. Poseo un grado de maestría en ciencias bibliotecarias y de la información de la Universidad de Puerto Rico (UPR). Además de mis labor como bibliotecaria, soy estudiante doctoral en el Programa de tecnologías del aprendizaje de la UPR.
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