miejsc pracy opieki zdrowotnej w virginia beach cialis cena w domu testów narkotykowych

El bibliotecario en la literatura y una literatura de bibliotecarios: cuentos para leernos a nosotros mismos

Quisiera comentar aquí unas observaciones sobre la figura del bibliotecario en la literatura y, al mismo tiempo, presentar los cuentos de bibliotecarios, narraciones surgidas de mi trabajo como tal en la Universidad de Buenos Aires, con la intención de comparar figuras y contextos y de invitar a compartir una literatura en la que podamos vernos reflejados.

Para crear esas narraciones parto desde una convergencia sostenida en mi vida: la de lectora empedernida, escritora y bibliotecaria, hasta el reciente reconocimiento de que yo no había escrito nada sobre mi trabajo de bibliotecaria (aunque sí de lectora), es decir, no había contado de los sentimientos, expectativas y cotidianeidad de este antiguo y bello trabajo, lo cual me impulsó a iniciar hace más de un año esta serie de cuentos que publico en mi blog Sembrando el viento.

No fue una idea previa pero al ir escribiéndolos fui observando o recordando con más atención cómo aparece la figura del bibliotecario en la literatura. Muchas veces se presenta como la de unos distantes guardianes del saber, una presencia misteriosa en perspectiva filosófica, o unos intrigantes miembros de cofradías que ocultan en sus bibliotecas tesoros y secretos, una imagen que se reitera en obras como en El nombre de la rosa, o cercanas a El código Da Vinci.

Imagen de la película “El nombre de la rosa”

Otra visión es la de las menciones a bibliotecas oscuras y sucias[1], archivos monumentales y caóticos y bibliotecas cerradas sobre sí mismas[2],  con el personal fuera de funciones, desinteresados o distantes de lo que hacen[3]; y otra más: la persistente  imagen extendida por la novela negra, sobre todo la norteamericana, de una bibliotecaria mujer avinagrada, seca, para nada simpática, como las que aparecen en obras de Raymond Chandler o Irving Wallace.

¿Reflejan la realidad estas descripciones o son puro invento literario? ¿Los autores tomaron nota y solo contaron lo que veían? ¿Hay sexismo en esos retratos? Más allá del atractivo literario que personalmente les encuentro a esas figuras o descripciones, y de la polémica correspondencia con la realidad que pudieran tener, yo no me encontraba representada en ellas. Muchos escritores han sido también bibliotecarios: Borges, Lewis Carroll, Vargas Llosa, Rubén Darío, José Vasconcelos, Stephen King y tantos más, pero las bibliotecas que contaron, si contaron de ellas, son metafísicas como la de Babel, de Borges, o en general recogieron en sus obras literarias poco o nada de sus trabajos como bibliotecarios específicamente.

Por eso, a aquellas visiones o a la inexistencia de ellas he querido oponerle la de nuestro trabajo real: la de los procesos técnicos, el mostrador de recepción, los lectores, los depósitos, las donaciones, los horarios, las clasificaciones y catalogaciones, los vínculos, el saber y el poder. Hay mucha fuerza y mucha poesía en nuestro trabajo cotidiano sin tener que imaginarnos como ocultadores de tesoros, en decadentes bibliotecas sin destino o bajo el estereotipo de esa “mujer sin amor, eficiente, ratonesca, sin humor y sin jugo…con el cabello peinado en moño, gafas sin reborde, nariz puntiaguda y desaprobatoria y unos invisibles y comprimidos labios”[4].

Mis cuentos

Son inseparables de mi experiencia como bibliotecaria en la Universidad de Buenos Aires, una institución muy grande con todo lo que ello implica, con edificios de gran tamaño en dispares condiciones, mucho personal y permanentes tensiones, cambios y reconfiguraciones de autoridades y directrices. Así se ve en la disputa por un depósito en Oscuro objeto del deseo, mientras que cierto irónico desorden de reacomodamiento y falta de espacio se encuentra en Movimiento de material. Hay una nostálgica e inútil donación de libros de medicina en La donación y el poder de organizar la información y nombrar el mundo en El nominador. Lo imprevisto y los usuarios, queribles o irritables, en Horario de cierre y en Gente rara, y el trabajo concentrado y aislado de los catalogadores en Lo que se ve por una ventanilla de Procesos Técnicos en un día cualquiera, entre otros.

Me complace, entonces, dejar la invitación a leer-nos en la literatura y a ver-nos según nos pintan los escritores y yo misma, en mi doble condición de bibliotecaria y escritora. Seguro que podrían despertarse reflexiones, recuerdos y comparaciones, además del disfrute literario, y tal vez una emergencia de otros bibliotecarios-escritores que narren su trabajo y a sí mismos de una manera íntima y de nuestro lado del mostrador.

[1] Puig, Manuel. La traición de Rita Hayworth. Buenos Aires: Sudamericana, 1975
[2] De Santis, Pablo. Filosofía y Letras. Buenos Aires: Seix Barral, 2002
[3] Bermani, Ariel. Leer y escribir. Buenos Aires: Interzona, 2006
[4] Wallace, Irving, en Los siete minutos

 

Isabel Garin 

Argentina. Actualmente bibliotecaria en la Biblioteca del Hospital de Clínicas “José de San Martín”, de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó en el Centro de Documentación e Información del Instituto de Investigaciones Gino Germani (Facultad de Ciencias Sociales, UBA) y en la Biblioteca del Instituto Nacional de Medicamentos y Alimentos – ANMAT  y fue archivista en archivos periodísticos. Ha publicado Lo que dijo la calle, recopilación de expresiones callejeras de 2001, y poesía en antología. Ha obtenido premios y menciones en poesía y narrativa. Finalista de novela en Premio Clarín 2009. Escribe y mantiene el blog literario Sembrando el viento.

The following two tabs change content below.
Notice: Use of undefined constant rand - assumed 'rand' in /usr/home/infotecarios.com/web/wp-content/themes/ribbon/single.php on line 35

Comments

    • Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: