Por sobre todo, la curiosidad…

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“Más aún: he llegado a la conclusión de que aquél que no encuentra todo el universo encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará calle original en ninguna de las ciudades del mundo. Y no las encontrará, porque el ciego en Buenos Aires es ciego en Madrid o Calcuta…” – Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas [1]

Todas las semanas escucho un podcast argentino dirigido por politólogo José Nun, Tenemos que hablar. En uno de los últimos capítulos, hizo una entrevista con la reconocida compositora Alicia Terzián, quien compartió una lección importante que le había enseñado su mentor, Alberto Ginastera:

“Lo primero que nos dijo en la clase es: Ustedes puede que sean compositores, pero antes tienen que ser gente culta. Así que, desde hoy empiezan a leer todos los libros de filosofía, van a todas las exposiciones de pintura de vanguardia y se nutren de todo lo que pasa en la música de hoy… porque ustedes tienen que ser personas cultas, y además por ahí pueden llegar a ser compositores.” [2]

Se me ocurre que este es un consejo que también se presta muy bien al ámbito de la catalogación. Aquí se destaca el concepto de la erudición. Como recomendó el maestro Ginastera, tenemos que ser gente culta, pero esto es un proyecto activo e intencional. No todo el que trabaja con libros realmente los experimenta.

Que conste: lo que yo sugiero no es la arrogancia del “sabelotodo.” Esto en sí le juega en contra al que busca ser catalogador de calidad. Lo que detallo es una actitud de aprendizaje continuo, y de aprendizaje bien enfocado. Uno tiene que conocer las materias con las que trata. Tiene que cultivar una curiosidad inagotable. Mucho más que saberlo todo, el buen catalogador no puede nunca llegar a saber lo suficiente.

El diccionario Oxford en español define así al erudito: alguien que posee “conocimiento profundo de alguna materia (en especial, relacionada con las humanidades) adquirido mediante el estudio directo de textos y fuentes.” El catalogador tiene que ser estudiante de lo que cataloga: no solo el libro en mano, pero el tema que lo circunda. Obviamente, uno no puede leer cada libro o profundizarse en cada materia con que se encuentra al sentarse a trabajar; pero textos y fuentes tenemos de sobra. Y el que presta atención empieza a percibir patrones, expresiones, contextos y subtextos en todo lo que toca.

Casos en el punto, de experiencia personal:

1) MOCNESS: Hace unos meses, la directora de la biblioteca Guin, sucursal de nuestra Biblioteca en la costa de Oregon y dedicada mayormente a la oceanografía, me mandó una carpeta cuyo contenido representaba una colección de materiales por parte de Waldo Wakefield, un biólogo marino asociado con Oregon State University.

Tras una corta investigación, descubrí que el MOCNESS (“Multiple Opening and Closing Net, with an Environmental Sensing System”) es una red usada por arrastreros, que consiste de un juego de entre 6 y 20 redes individuales montadas en un marco rectangular, controladas por un sistema de sensores ambientales que determinan cuando abrir o cerrar, por turno, cada una de las redes. El conjunto se usa para la recolección y estudio del plancton.

Esto representa sólo una pequeñísima parte del trabajo que he realizado para nuestros usuarios oceanógrafos, pero la facilidad con que completé esta tarea es el resultado de un buceo temático deliberado—y voluntario. Al poco tiempo de llegar a OSU, me presentaron con una serie de pesca publicada por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso en Chile. Mis antecedentes hasta ahí enfocaban las humanidades; de científico no tenía nada. De repente me encontré ante una disciplina que desconocía casi en su totalidad, énfasis de mi nuevo lugar de trabajo, y un problema por resolver.

En realidad, es preferible toparse con un área mayormente desconocido, porque en esos casos todo es nuevo, y es aprender o reventar. Le pedí a mi supervisor que me diera todo el trabajo habido y por haber relacionado con la oceanografía, la pesca, la ictiología…lo que fuera. De a poco, empecé a conocer los vocabularios, a reconocer temas corrientes, y a manejar una materia que había sido para mí, hasta ese punto, un misterio total. Háblenme, pues, de la vida sexual del camarón nailon o del patrón migratorio del salmón pacífico, porque algo tendré para contarles.

2) Ateizm: En mis años catalogando la colección Keston, un enorme surtido de libros y otros artefactos relacionados con la ex Unión Soviética, adquirido por Baylor del Centro Keston en Inglaterra en 2007, me familiaricé a fondo con el concepto de ateizm (ateísmo). Es un término de aplicación mucho más amplia y generalizada en el contexto comunista que en el cristiano, ya que el “ateísmo científico” fue la suposición base de casi toda investigación llevada a cabo bajo el signo del martillo y hoz. En tal sistema no era una propuesta religiosa sino un rubro filosófico explicativo universal.

Por lo tanto, uno encuentra al ateizm en conexión con un sinnúmero de temas suplementarios, algunos menos obvios que otros. En muchos casos sí se trata de argumentos explícitamente religiosos (el ateísmo y el cristianismo); sin embargo, en muchos otros no. Abarcan temas que van desde el internacionalismo a la sociología, la política y la educación, hasta la estética del materialismo francés. En todos estos últimos casos, el ateísmo en sí es lo de menos; es el calificativo, no la idea principal.

No obstante, en registro tras registro para libros que incluían la palabra ateizm en el título, me encontraba siempre con el mismo solitario encabezamiento de materia: “religión.” Esta simplificación demuestra que conocer el significado léxico de una palabra no siempre es suficiente. Hace falta también saber algo de su significado cultural. En el caso mencionado, hizo falta saber algo de la Unión Soviética y su cosmovisión, en la que el ateísmo y la ciencia son equiparadas, usadas casi de forma intercambiable. O sea que, la palabra ateizm a menudo significa, simplemente, “investigación de”; los libros en cuestión tendrán connotaciones religiosas, por cierto, pero como referente subsidiario.

Como bien intimó el comentarista Arlt, en la cita antes notada, si somos incapaces de ver el todo en la parte, nunca entenderemos la parte, por más evidente que aparenta ser. Conocimiento comprensivo de un tema me hace saber no sólo de que se trata lo que tengo a mano, pero también de lo que no se trata. Muchas veces ese es el punto sobresaliente.

El catalogador se encuentra parado en la cima de una montaña, mirando al infinito, para todos lados y a la vez—arriba, abajo, y a su alrededor, sabiendo que la periferia importa tanto o más que lo inmediato. Volviendo al diccionario, el erudito es quien conoce alguna materia profundamente, pero el catalogador es la erudición sobre la marcha. Atajamos los temas que nos vienen, los absorbemos, agregamos otra caja, como diría Sherlock Holmes, a nuestro ático mental. Somos la erudición en cuna; ¿o de dónde creemos que los eruditos sacan el conocimiento que los define?

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[1] Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas, 3ra ed., Biblioteca clásica y contemporánea 67 (Buenos Aires: Editorial Losada, 1976), 94.
[2] Alicia Terzián, “Música y derechos humanos, con Terzián y Gaitán Hairabedián,” Tenemos que hablar, con José Nun, podcast audio, October 8, 2019, http://www.radionacional.com.ar/musica-y-derechos-humanos-con-terzian-y-gaitan-hairabedian/.

Imágenes:
MOCNESS: NOAA.gov (https://www.omao.noaa.gov/find/media/images/diagram-mocness-net)
Ateizm: “Overcoming (2012 exhibition, Museum of modern history) 18”. By Shakko – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=26050531

 

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