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No creo en las bibliotecas públicas

Leyendo un post como el de Yessica Peña y conociendo personalmente algunas iniciativas que tienen origen en bibliotecas públicas, diría que hay muchas cosas que se pueden rescatar y le dan mucho potencial. Pero… Si les digo que yo no creo en las bibliotecas públicas ¿me creerían?

Los que me conocen o han compartido conmigo a nivel profesional, saben que soy un admirador y enamorado de lo que se hace en las bibliotecas públicas, a pesar de orientar mi desarrollo profesional hacia otro campo, me he dado el lujo de trabajar y escribir sobre ellas; pero de igual forma soy un crítico, a veces fuerte, sobre su labor y sobre su proyección.

No puedo decir que la afirmación con la que titulo este post sea cierta, pero sí puedo decir que NO CREO EN MUCHOS BIBLIOTECARIOS QUE ESTÁN AL FRENTE DE ESTAS INSTITUCIONES: siempre haciendo uso del silencio, de su poca capacidad crítica y de reflexión para hacer su trabajo, reacios a innovar… Tampoco CREO EN SU SUPUESTO TODO LO HACEMOS PENSANDO EN LOS USUARIOS.

Basta con ir a algunas bibliotecas públicas en Medellín para ver cómo se han convertido en espacios muertos, templos de las prohibiciones y el silencio, representaciones de la edad media y de todo menos en un espacio para el intercambio y la construcción de sentidos. Y no sólo lo digo por las instalaciones sino también por su impacto, he hablado con usuarios y al preguntarle lo qué significa y piensa sobre la biblioteca, créanme que no me he encontrado con buenas respuestas… ¿se siente cómodo el usuario en la biblioteca?, ¿hace de esta su espacio?, ¿hasta qué punto se hace lectura de los contextos sociales?, ¿se hacen verdaderos estudios de usuarios, cada cuánto?, ¿se diseñan programas y servicios pensados con el usuario o para el usuario?

Aún veo mucho bibliotecario público de escritorio y asocial, bibliotecarios operativos que viven en lo mismo, que poco buscan conocer sus comunidades o que hasta creen que piensan por ellas. Un caso específico de lo que hablo fue el análisis realizado por una gran amiga mía sobre el contexto de una biblioteca en Medellín, el cual fue abordado en una ponencia titulada “Un pedazo de cemento verde en la ciudad: análisis del contexto social del …”, en la cual decía:

La biblioteca (…) no juega un papel que trascienda el habitar de sus moradores, pasa desapercibida ante muchos de sus habitantes, es por esto que se espera que esta organización se apropie nuevamente de las misión de mirar más su entorno inmediato y no olvide cual es la verdadera finalidad de su existencia; que contribuya con la construcción de una ciudad más democrática y participativa, desde lo particular hacia lo general, es decir, desde donde habita, desde su contexto hacia todo lo que rodea. Por ahora llena de méritos, sin embargo la biblioteca tan solo habita esta tierra por que olvidó poetizar.

Aunque esto fue en el 2007, es bueno hacer la claridad de que aún se presenta en varias instituciones, es el pan de cada día de muchas comunidades y es el reflejo de muchos bibliotecarios, ¿hasta cuándo seguirán en lo mismo?

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Fotografía de la Red de Bibliotecas Populares de Antioquia, tomada del perfil de Sayler Galvis en Flickr

No quiero ser destructor de la labor del bibliotecario público, pues sé que ha sido dura, muchas veces se hace sin recursos y con múltiples problemáticas (enfrentados en muchas ocasiones a situaciones de violencia), pero nada es fácil y se necesita de retos para afrontar la labor y eso es lo que debemos tener presente. Siempre es de admirar la labor de las bibliotecas populares (pueden ver un post donde hablo sobre ellas – enlace temporalmente caído) y de otro tanto de bibliotecas, como las de proximidad que menciona Yessica, pero vemos como otras se reconocen más por su diseño que por su impacto, al igual que presumen por sus estadísticas más que por la calidad de las acciones y servicios.

Esto parece un post de “bibliotecario resentido”, pero no es eso, es más un llamado de atención para que aquellos que están “echados” en su labor, replanteen lo que hacen; si sienten que no es lo suyo pues simplemente dedíquense a otra cosa. Quiero mucho las bibliotecas públicas, aprecio mucho la labor de varios colegas, pero hay otro tanto que a veces tapan esas buenas acciones.
¿Y por qué escribir sobre un tema que no considero mi fuerte?

La verdad tiempo atrás había querido escribir este post, pero no había encontrado un aliciente. El detonante en este caso fue un artículo que salió hace un tiempo titulado Colombia: Bibliotecas Públicas y corrupción (también, No más bibliotecas públicas, no más corrupción: radiografía de la red de bibliotecas de Colombia), el cual con el simple título me indignó, pero más que eso, me indignó la pasividad y el silencio del gremio pues nunca encontré una respuesta; pareciera que reina la indiferencia, incluso ante líneas como estas:

No más bibliotecas públicas, no más corrupción. Lo que toda la población pobre colombiana necesita para aprender a trabajar y para aprender todo lo que en esta vida pueda aprenderse es un servicio de banda ancha, al menos de cuatro megas, en cada casa o al menos en cada escuela, colegio, casa comunal, y el obsequio a todos los colombianos mayores de doce años de un computador portátil barato dotado de internet.

¿Hasta qué punto las bibliotecas son sólo proveedoras de información? Yo creo que son más que eso, como lo dice mi amiga: las bibliotecas están llamadas a ser “una institución que contribuya con la construcción de una ciudad más democrática, [intercultural] y participativa, desde lo particular hacia lo general, es decir, desde donde habita, desde su contexto hacia todo lo que rodea”

Para acabar de ajustar, en el mismo texto se arremete con otro párrafo como el siguiente:

Quien haya visitado en estos dos últimos años las vetustas casas de cultura que albergan las más de 1200 bibliotecas públicas del Ministerio de Cultura – con sus techos rotos, los libros rodando por el suelo, el computador habitado por cucarachas y ratones, las puertas cerradas a causa del invierno o por la humedad sofocante del trópico, esos mundos vacios de seres humanos donde titila apenas el hambre y la miseria, o los hermosos recintos de las megabibliotecas de Bogotá y Medellín o las pulcras y apacibles de la red de bibliotecas del Banco de la Republica – sabe que sólo las visitan ahora unos cuantos desocupados y los ancianos ilustrados que todavía leen la prensa impresa y no tienen servicio de internet en sus casas. Ya nadie necesita de un libro impreso para ser feliz y menos para enterarse. A otro perro con ese hueso.

¿Así es como nos ven nuestros usuarios?, ¿qué realidades estamos transformando?, ¿hasta cuándo seguiremos en el letargo casi eterno? ¡Pellízquense! Hora de cambiar, de empezar por transformar nuestras realidades para poder ayudar a transformar las de los demás; de re-conocer al otro: su lenguaje, su contexto, sus orígenes, su cultura… y a partir de ahí ofrecerle un espacio bibliotecario para construirlo en conjunto.
Por último, quiero que este post sea un principio para hacer sentir nuestra voz y que se sienta que las bibliotecas públicas están vivas… pregúntese ¿cuán importante es para usted la biblioteca pública y qué hace para que cada día sea mejor su labor?

Nota: Quiero dejar claro que si hiero susceptibilidades, tenga en cuenta que es mi punto de vista y que estamos para discutir en buen tono y con los argumentos suficientes que den piso a lo que decimos. Así que, no tema expresar sus críticas y opiniones sobre el tema.

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Jaider Ochoa-Gutiérrez

Bibliotecólogo, docente e investigador de la Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia), inquieto por el devenir de esta bella profesión. Mi experiencia académica y profesional ha estado rodeada de bibliotecas digitales, herramientas web, servicios de información digital, estrategias de gestión de información y conocimiento, inteligencia estratégica e iniciativas de apropiación tecnológica y desarrollo de competencias informacionales. Actualmente, investigo sobre gestión de la ciencia, la tecnología y la innovación y su relación con la gestión del conocimiento.

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