La primera biblioteca académica de América estuvo en México

Hablar de las bibliotecas académicas como elemento fundamental para la búsqueda y creación de nuevos conocimientos, no solo implica apreciar su papel en la conservación y organización de la información documental, sino también, valorar su importancia histórica en la revolución científica que sufrió Europa, y que afectó a las colonias de América, en los siglos XVI y XVII. Es en esa época cuando se crea y se desarrolla el Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y su biblioteca académica, la primera de las Américas.

Ciencia y cultura en el mundo novohispano

La época colonial en México produjo importantes cambios en la vida del país, muchos de ellos están relacionados con la educación, la ciencia y la cultura. Por ejemplo, se estableció el Imperial Colegio de Santa Cruz en Santiago Tlatelolco en 1536 (Kobayashi, 1985, p. 209), y con ello, la primera biblioteca académica de las Américas (Mathes, 1982, p. 20), también se instauró la primer imprenta del continente en 1539 (Medina, 1907, p. XLI), y por decreto, se creó la Real y Pontificia Universidad en 1551 (Pavón Romero, 2001, p. 26), antecedente de la actual Universidad Nacional Autónoma de México.

En este contexto, México sirvió como un faro para difundir los nuevos saberes que estaban propagándose en el viejo continente, pero además se asentaron las bases para el desarrollo de la ciencia, que un siglo más tarde daría frutos en nuestro país, como lo apunta Trabulse:

El proceso fue lento en un principio, pero con la fundación de la Real y Pontificia Universidad, del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y de los colegios agustinos de San Pablo, en la ciudad de México, y de Tiripetio en Michoacán, comenzaron a darse las condiciones propicias para los trabajos científicos. (1994, p. 11)

El mismo Trabulse señala que hasta parece inverosímil que la ciencia desarrollada en esos años, en el continente Europeo, iniciara en México precisamente en la época más oscura del periodo colonial, entre 1630 y 1680 (1994, p. 10).

La revolución cultural de Europa, y la instauración de la imprenta en México hizo que el mercado de libros prosperara, y no solo en el viejo continente sino también en el mundo novohispano.

[…] es interesante saber que la mayor parte de los libros científicos que llegaron a México en los siglos XVI y XVII provenían de países como Francia, Bélgica, Austria, Portugal, Italia y, por supuesto, en su gran mayoría, de España. En menor medida lograban librar la barrera inquisitorial libros ingleses, holandeses, y de los otros estados protestantes europeos. Este hecho explica en buena parte la naturaleza de la ciencia que se cultivo en México en esas dos centurias.(Trabulse, 1994, p. 15)

Por un lado, al diversificarse y agilizarse la producción de libros en el viejo continente, provocó que muchos materiales impresos se dispersaran y fuera más sencillo la adquisición de conocimientos, gracias a su diseminación (Eisenstein & Bello, 2010, p. 70); por otra parte, en México, además de los libros que llegaban de Europa, también empezó a prosperar la imprenta novohispana y con ello, la producción de libros. Este hecho fue de suma importancia no solo para la ciencia en México, sino también para la evangelización de los indígenas en la Nueva España, tal vez, sin ayuda del libro impreso, la tarea hubiera sido más dura de como lo narra la historia.

La exigencia de cristianizar y educar a los nativos en la lengua española y los nuevos saberes, así como también la necesidad de apropiación de las costumbres ibéricas, dio pauta a la creación de colegios para la educación de los indígenas (Mathes, 1982, p. 13). El Imperial Colegio de Santa Cruz fue la primer institución en América que ofreció estudios superiores a los indígenas (León-Portilla, 1982, p. 7), de ahí su trascendencia histórica, cultural y científica para México y para América Latina, pues además de ser un centro de enseñanza eclesiástica, también se impartían “cursos de lectura, ortografía, música, retórica, lógica, filosofía, teología y dictados en latín.” (Mathes, 1995, p. 122)

El Colegio Imperial de Santa Cruz

El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco fue pensado para la educación superior de los hijos de los indígenas, nació en el seno de la Nueva España como un proyecto cultural y educativo que nada tuvo que ver con España, es decir, fue una idea netamente novohispana (Chavero, 1904, p. 291). Su creación se debió a en gran medida a Fray Juan de Zumárraga. Se inauguró el 6 de enero de 1536 (García Icazbalceta, 1881, p. 212), con la presencia del mismo obispo, el virrey Antonio de Mendoza y Sebastián Ramírez, obispo de Santo Domingo y presidente de la Real Audiencia (Mendieta, 1870, pp. 414–415). Sin lugar a duda, el evento reunió a grandes personalidades de su época, ya que se tenía muchas esperanzas en el nuevo Colegio pues proyectaba grandes cosas, aunque su existencia haya sido breve.

Colegio de Santa Cruz Tlatelolco

Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco

Pese al poco tiempo que duró, la intención original del Colegio fue servir como un instrumento educativo para evangelización de los indígenas, pero también, para contribuir a la unión de dos culturas que debían ser consideras como iguales. El objetivo era “incorporar al vencido a la cultura del vencedor elevándolo al mismo nivel de hombre que éste (Kobayashi, 1985, p. 209). La idea del Colegio contenía un sentido de erudición, pues se aboga por la educación de los indígenas, y no solo por mera cristianización, en realidad se tenía pensado que ellos mismos llegaran a dominar las ciencias y artes que estaban propagándose en Europa, y a su vez, enseñar a los futuros estudiantes.

[…] se trataba de crear con rapidez una élite que en parte escogería el sacerdocio para seguir llevando el Evangelio a sus semejantes o se encargaría de difundir entre sus súbditos los valores, conocimientos y costumbres adquiridos en el Colegio. (Alberro, 2014, p. 8)

Es por esa razón que el colegio tuvo entre sus maestros a grandes humanistas y latinistas como Arnaldo de Bassacio, Bernardino de Sahagún, Andrés Olmos y Juan de Gaona (Mendieta, 1870, p. 415), que se empeñaron en la enseñanza de conocimientos útiles, más allá de los eclesiásticos, se preocuparon por instruir a los nativos en las ciencias que estaban revolucionando Europa.

Los frailes que se hicieron cargo de su formación poseían un riquísimo bagaje cultural europeo enriquecido con lo que habían aprendido en importantes instituciones de educación superior en Europa. (Romero Galván, 2016, p. 20)

Con el apoyo de las autoridades en su creación y mantenimiento, así como el plan de estudios, la disposición de los profesores y estudiantes, y una biblioteca que albergaba grandes obras de su tiempo, permitió al Colegio de Santa Cruz ser una de las instituciones educativas más significativas de su época (Romero Galván, 2016, p. 21). No obstante, pese a conjugar a grandes maestros y una gran biblioteca, el declive del Colegio llegó muy pronto.

Kobayashi (1985, pp. 225–226) señala que la decadencia del Colegio de Santa Cruz pude deberse a las siguientes razones:

  1. Los estudiantes que aprendieron en el colegio, conforme avanzaban sus conocimientos, prefirieron seguir una vida laica, y se alejaron del orden sacerdotal, decepcionando al obispo Zumárraga que se alejó poco a poco del Colegio.
  2. Varios estudiantes no podían con materias como filosofía y teología, fue una barrera que les costó superar.
  3. Por la influencia negativa que el obispo Zumárraga pudo haber tenido del dominico Domingo de Betanzos, pues éste último era opositor a que los indígenas tuvieran una educación superior.

Varios factores sociales, religiosos, políticos, de salubridad y económicos afectaron la vida del Colegio, los cuales provocaron su decadencia, y con ello, la dispersión de la colección de la biblioteca.

La biblioteca académica del Colegio de Santa Cruz

La biblioteca del Imperial Colegio de Santa Cruz se considera, en estos días, como una biblioteca académica, pues servía a una institución educativa que ofrecía estudios superiores. Su creación llegó el mismo día que fue inaugurado el Colegio (6 de enero de 1536), mediante la donación de varios volúmenes de libros que el mismo obispo Fray Juan de Zumárraga trajo desde España y que entregó para iniciar el acervo (Mathes, 1982, p. 22).

Con la llegada de la imprenta en México, se tuvo la oportunidad de estar prácticamente al día con relación a los conocimientos que se generaban en Europa, se podían leer autores clásicos y contemporáneos (Kobayashi, 1985, p. 271). Este hecho benefició a la biblioteca, pues demás de las remesas de libros que llegaban del viejo continente, se tenía la posibilidad de imprimir grandes obras científicas que salvaban la lista de libros prohibidos por la Inquisición.

Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco

Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco

El Colegio de Santa Cruz siempre gozó de gran afecto por parte del virrey Antonio de Mendoza, pues a pesar de la reiterada prohibición de libros de caballerías y obras seglares, como las obras científicas, los seminaristas del Colegio tuvieron acceso a este tipo de materiales (Mathes, 1982, p. 22). Como ya se mencionó anteriormente, en el Colegio se enseñaban todo tipo de ciencias.

Sabemos que la de Tlatelolco tenía en 1572 un ejemplar “encuadernado en tablas” de la Historia Natural de Plinio, obra que ejerció una gran influenza en los herbarios, bestiarios y lapidarios americanos de los siglos XVI y XVII; así como la Cosmografía de Giovani Campano de Novara, fuente obligada de los autores novohispanos que tocaron temas astronómicos. (Trabulse, 1994, p. 28)

Antes del cierre del colegio, Juan de Zumárraga tenía en alta estima a la biblioteca, pues gracias a las donación de una gran parte de su biblioteca privada, así como de las gestiones que llevó acabo para la adquisición de libros, la biblioteca pudo tener en su acervo a grandes autores clásicos, y también reformistas como Erasmo y Luis Vives (Kobayashi, 1985, pp. 272–273). Obras que, en ese tiempo, eran difíciles de adquirir por lo costosas que eran, y porque además eran títulos perseguidos por la Inquisición.

Gracias al estudio que llevó acabo Miguel Mathes sobre la biblioteca del Colegio de Santa Cruz se puede tener un panorama completo de cómo estaba conformada la biblioteca, cuántos volúmenes pudo haber tenido, cuáles eran los títulos que poseía, cuáles eran los idiomas y en qué materia se versaba su acervo. Vale la pena analizar con detalle los apéndices de la obra mencionada para darse cuenta de los títulos que había en el acervo de la biblioteca

Así, por ejemplo, tenemos que la biblioteca contaba, probablemente, con 355 títulos, de los cuáles 268 estaban en latín, 41 en español, 25 en náhuatl y purépecha y 1 en italiano, en total se pensaba que el acervo estaba compuesto por 377 volúmenes (Mathes, 1982, p. 81).

El latín era el idioma que predominada en el acervo de la biblioteca del Colegio de Santa Cruz, era rasgo distintivo de la colección pues los maestros que enseñaban se empeñaban en que sus estudiantes aprendieran latín, ya que así tenían la posibilidad de leer a los autores clásicos en su idioma original, propiciando una mejor adquisición de conocimientos (Kobayashi, 1985, p. 273).

La mayoría de los títulos trataban de temas religiosos, como era de esperare, pero como se mencionó anteriormente, también había libros con materias como filosofía, historia, ciencias, geografía, gramática, y demás cuestiones seculares.

Lamentablemente pese a contar con grandes maestros y estudiantes que hacían uso del importante acervo de la biblioteca, ésta corrió con la misma suerte que el Colegio. La epidemia que sufrió la institución en 1576 aceleró su decadencia, pues muchos estudiantes habían fallecido o seguía postrados por la enfermedad, y el recinto estaba semivacío (Kobayashi, 1985, p. 239). La biblioteca en esa década tuvo importantes pérdidas de materiales, ya sea porque fueron retirados por las listas de la Inquisición o porque fueron hurtados de la colección (Mathes, 1982, pp. 34–35).

La pérdida constante de materiales y los problemas del Colegio como institución de educación para para los indígenas, pues ya no se permitía que los indios naturales se ordenaran en el sacerdocio, provocaron que la biblioteca se dispersara:

El Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco estuvo abandonado y en ruinas a mediados del siglo XVII, y su biblioteca, por muchos años olvidada y trágicamente robada, fue trasladada al Convento de Santiago Tlatelolco, donde permaneció hasta 1834. (Mathes, 1982, p. 41)

Miguel Mathes rescató la historia de la biblioteca del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, gracias a su estudio, es como actualmente sabemos en dónde están los libros que lograron sobrevivir. Después de la compra de los pocos libros que quedaban de la biblioteca del Colegio por parte del coleccionista privado Adolph Sutro, sus herederos donaron la colección al estado de California, EU. Hoy sabemos que esos materiales se encuentran en la Sutro Library, una rama de la Biblioteca Estatal en San Francisco, California. Un ejemplo más del saqueo del patrimonio bibliográfico y documental que muchos países de América Latina han sufrido por décadas.

Referencias

Alberro, S. (2014). El Imperial Colegio de Santa Cruz y las aves de rapiña: una modesta contribución a la microfísica del poder a mediados del siglo XVI. Historia Mexicana, 64(1), 7–64.

Chavero, A. (1904). Colegio de Tlatelolco. En A. Chavero, Obras del Lic. don Alfredo Chavero (Vol. I. Escritos diversos, pp. 286–308). México: Tipografía de Victoriano Agüeros, editor.

Eisenstein, E. L., & Bello, K. (2010). La imprenta como agente de cambio: comunicación y transformaciones culturales en la Europa moderna temprana. México, D.F: Fondo de Cultura Económica.

García Icazbalceta, J. (1881). Don fray Juan de Zumárraga primer Obispo y Arzobispo de México: estudio biográfico y bibliográfico. México: Antigua Librería de Andrade y Morales.

Kobayashi, J. M. (1985). La educación como conquista: empresa franciscana en México (2a ed.). México: El Colegio de México.

León-Portilla, M. (1982). Presentación. En M. Mathes, Santa Cruz de Tlatelolco: la primera biblioteca académica de las Américas (pp. 7–10). México: Secretaria de Relaciones Exteriores.

Mathes, M. (1982). Santa Cruz de Tlatelolco: la primera biblioteca académica de las Américas. México: Secretaria de Relaciones Exteriores.

Mathes, M. (1995). La imprenta en Tlatelolco. Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Segunda Época(7), 121–142.

Medina, J. T. (1907). La imprenta en México (1539-1821) (Vol. 1). Santiago de Chile: Impreso en casa del autor.

Mendieta, G. de. (1870). Historia eclesiástica indiana: obra escrita a fines del siglo XVI. México: Antigua Librería Portal de Agustinos.

Pavón Romero, A. (2001). Fundación de la Real Universidad de México. En C. I. Ramírez, A. Pavón, & M. Hidalgo Pego (Eds.), Tan lejos tan cerca: a 450 años de la real Universidad de México (pp. 19-). México: UNAM, Centro de Estudios Sobre la Universidad.

Romero Galván, J. R. (2016). El Colegio de Tlatelolco, universo de encuentros culturales. En E. Hernández & P. Máynez (Eds.), El Colegio de Tlatelolco: síntesis de historias, lenguas y culturas (pp. 10–25). Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México : Grupo Destiempos.

Trabulse, E. (1994). Los orígenes de la ciencia moderna en México 1630-1680. México: Fondo de Cultura Económica.

 

 

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