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Algunas bibliotecas en la ficción

Ya sean universales, medievales, infinitas,  misteriosas o clandestinas, todas comparten una característica en común. Son creaciones de la mente de un autor, fruto de una rica imaginación; y aunque quizás algunas puedan contener algunos atisbos de realidad, siempre resultan ser… bibliotecas de ficción.

Después de la verdad, nada hay tan bello como la ficción (Antonio Machado)

“La ficción es la verdad dentro de la mentira” (Stephen King)

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– Si las damas me lo permiten, desearía hacerle una última pregunta – intervino Burkel -. Sospecho que ha calculado usted una biblioteca para la que no existe lugar en el universo.

– Lo veremos en un instante – respondió el profesor, tomando el lápiz -. Bien, supongamos que se empaquetase la biblioteca en cajas de mil volúmenes, y que cada caja tuviese la capacidad exacta de un metro cúbico. Todo el espacio hasta las más lejanas galaxias en espiral conocidas no podría contener la Biblioteca Universal. De hecho, se necesitarla tantas veces este espacio, que el número de universos empaquetados vendría representado por una cantidad con únicamente unos 60 ceros menos que la cantidad que indica el número de volúmenes. Sea cual sea la forma en que tratemos de visualizaría, no lo conseguiremos.

– Yo siempre pensé que sería infinita – dijo Burkel.

– No, ése es exactamente el quid de la cuestión. El número no es infinito, es una cantidad finita, las matemáticas que hemos empleado no tienen fallo alguno. Lo que resulta sorprendente es que podamos escribir en un trocito de papel el número de volúmenes que comprenderían toda la literatura posible, algo que, a primera vista, parece ser infinito. Pero si después tratamos de visualizarlo…, por ejemplo, tratamos de hallar un volumen específico, nos damos cuenta de que no podemos abarcar lo que, por otra parte, es un pensamiento muy claro y lógico que nosotros mismos hemos desarrollado.

La biblioteca universal (Kurd Lasswitz)

 

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente.

La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.

…Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

La biblioteca de Babel (Jorge Luis Borges)

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—Mirad, fray Guillermo —dijo el Abad—, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros —y señaló hacia la mole del Edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial—, hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

—De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

 El nombre de la rosa (Umberto Eco)

 

—Nunca hubiera imaginado que la colección Fargas, que figura en todas las bibliografías, estuviese así. Libros apilados en el suelo, sin muebles, contra la pared, en una casa vacía…

—Es la vida, amigo mío. Pero debo precisar, en mi descargo, que todos se encuentran en impecable estado… Yo mismo los limpio y reviso, procuro airearlos y que estén a salvo de insectos y roedores, la luz, el calor y la humedad. De hecho no hago otra cosa durante el día.

—¿Qué fue del resto?

El bibliófilo miró hacia la ventana, haciéndose también la misma pregunta. Arrugaba el ceño.

—Imagínese —repuso, y se diría un hombre muy infeliz cuando sus ojos volvieron a encontrarse con Corso—. Salvo la quinta, algunos muebles y la biblioteca de mi padre, no heredé más que deudas. Cada vez que obtuve dinero lo invertí en libros, y cuando mi renta tocó fondo liquidé cuanto quedaba: cuadros, muebles y vajilla. Usted sabe, creo, lo que significa ser un bibliófilo apasionado; pero yo soy bibliópata. El sufrimiento era atroz con sólo imaginar dispersa mi biblioteca.

—He conocido gente así.

—¿De veras?… —Fargas lo miró con curiosidad—. A pesar de eso, dudo que se haga una idea exacta. Me levantaba por las noches para vagar como alma en pena frente a mis libros. Les hablaba, acariciaba sus lomos entre juramentos de lealtad… Todo fue inútil. Un día tuve que tomar la decisión: sacrificar la mayor parte, conservando los ejemplares más queridos y valiosos… Ni usted ni nadie comprenderán nunca lo que fue aquello: mis libros pasto de los buitres.

—Me lo figuro —dijo Corso, a quien no le hubiera importado en absoluto oficiar en semejantes funerales.

—¿Se lo figura? No. Aunque viviese un siglo no podría. Separar unos de otros me costó dos meses de trabajo. Sesenta y un días de agonía, y también un acceso de fiebre que casi me mata. Por fin se los llevaron, y creí volverme loco… Lo recuerdo como si fuese ayer, aunque han transcurrido doce años.

—¿Y ahora?

El bibliófilo mostró su copa vacía, cual si aquello simbolizase algo.

—Desde hace tiempo tengo que recurrir otra vez a mis libros. Aunque no necesito gran cosa: vienen un día por semana a hacer limpieza, y la comida la suben desde el pueblo… Casi todo el dinero se lo llevan los impuestos que pago al Estado por conservar la quinta.
Dijo Estado como podía haber dicho roedores, o carcoma. Corso hizo una mueca comprensiva, echando otro vistazo a las paredes desnudas de la casa.

—Puede venderla también.

—En efecto —Fargas asintió con indiferencia—. Pero hay cosas que usted no comprende.

El club Dumas (Arturo Pérez Reverte)

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Las bibliotecas atraen a los locos, eso es así. Sobre todo en verano. ¡Ah!, claro, si cerrasen las bibliotecas en vacaciones, dejaríamos de verlos. No más locos, ni pobres, ni niños solos, ni estudiantes suspendidos, ni abuelitos, ni cultura, ni humanidad. ¡Cuando pienso que algunos alcaldes se atreven a cerrar las bibliotecas en el mes de agosto! Todo para ahorrar gastos de mantenimiento. Qué barbaridad. Figúrese: en una ciudad agobiada por el calor, cuando los sueldos son insuficientes, las tiendas están cerradas, las piscinas abarrotadas, los bolsillos vacíos, tus angustias agazapadas en la sombra y el asfalto reblandecido, cuando la casa de la cultura podría tender la mano a todos esos hijos perdidos en el océano de la sandez urbana, pues no, el señor alcalde cierra las puertas de la biblioteca. El muy infame. ¿Qué hará el abuelito en el mes de agosto? Yo se lo diré: se despertará el martes, se montará en el único autobús del día, caminará lentamente, paso a paso, hasta la puerta de la biblioteca y, una vez allí, cuando la víspera se había imaginado un agradable día climatizado hojeando sus periódicos preferidos, una vez allí, como una puñalada por la espalda, como el golpe de Estado del 18 de brumario, mi abuelito verá en la puerta el cartel traicionero: CERRADO HASTA SEPTIEMBRE. Y luego Durkheim se sorprende, de que haya más suicidios en verano… Es tan triste. No hay nada más triste que una biblioteca vacía. Quiero decir, una biblioteca abierta pero despoblada. Aunque eso pasa en cualquier época del año. Entonces te quedas como el tío Gilito plantado en su montón de oro. Porque, por muy dura que haya sido con usted, la verdad es que ¿qué haríamos nosotras sin los lectores?

Signatura 400 (Sophie Divry)

La gente se ha puesto de pie delante de Dita, y los SS no pueden verla. Mete la mano derecha bajo el blusón y coge el tratado de geometría. Al tocarlo, siente la rugosidad de sus hojas y recorre con el dedo los surcos de la goma arábiga en el lomo arrancado. Se da cuenta de que el lomo desnudo de un libro es un campo arado.

Y en ese momento cierra los ojos y aprieta muy fuerte los libros. Sabe lo que ha sabido desde el principio: que no va a hacerlo. Ella es la bibliotecaria del 31. No va a fallarle a Fredy Hirsch porque ella misma le pidió, casi le exigió, que confiara en ella. Y él lo hizo, le mostró los ocho ejemplares clandestinos y le dijo: «Ésta es tu biblioteca.»

Finalmente, se levanta con cuidado. Lleva un brazo firmemente cruzado sobre el pecho para sostener los libros y que no caigan al suelo estrepitosamente. Se pone en el centro del grupo de niñas, que la tapan algo, pero ella es más alta y su postura sospechosa resulta demasiado evidente.

Antes de iniciar la inspección de los prisioneros, el sargento da unas órdenes y dos de los SS desaparecen dentro del cuarto del jefe de bloque. Piensa en el resto de los libros ocultos en el cuarto de Hirsch y se da cuenta de que el Blockältester corre ahora un gran peligro. Si los descubren, todo habrá terminado para él. Sin embargo, el escondrijo le parece sólido. El cuarto tiene un suelo de tablas y una de ellas, en una esquina, es de quita y pon. Debajo se excavó la tierra suficiente para crear un hueco donde depositar la pequeña biblioteca. Los libros caben con una exactitud tan milimétrica que, aunque la tabla se pise o se golpee con los nudillos, no suena hueca y nada hace sospechar que debajo haya un minúsculo escondrijo.

Dita hace tan sólo unos días que es la bibliotecaria, pero parecen semanas o meses. En Auschwitz el tiempo no corre, se arrastra. Gira a una velocidad infinitamente más lenta que en el resto del mundo. Unos días en Auschwitz convierten a un novato en un veterano. También pueden transformar a un joven en un viejo o a una persona robusta en un ser decrépito.

La bibliotecaria de Auschwitz (Antonio G. Iturbe)

Fotografías: Diego Ariel Vega

  • Biblioteca Joanina de la Universidad de Coimbra
  • Biblioteca Pública Central de Amsterdam
  • Biblioteca Nacional de Austria
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Diego Ariel Vega

Lic. en Sistemas de Información de las Organizaciones y Técnico Superior en Bibliotecología. Lector voraz y aficionado al cine, la literatura, el teatro, la fotografía, la música en sus más diversas expresiones y todas las manifestaciones del arte en general. Primer dan (cinturón negro) de aikido (el arte de la paz), ecologista de corazón, runner, amante de los viajes, la vida al aire libre, camping, trekking y montañismo, kayak y mountain bike...entre otras cosas
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Comments

  1. By Cutzin

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  2. By Lucy Joyce

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